Paty Manríquez

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Conocí a Paty, y tuve el privilegio de ser su amigo. Nos habíamos cruzado cuando jóvenes en la JS, en donde también conocí a su hermano Miguel. En esa época estuve muy lejos de imaginar al drama que se nos vendría encima y el alto precio que pagarían jóvenes como Miguel, despiadadamente asesinado en el norte por la Caravana de la Muerte conducida por Sergio Arellano Stark. Por cierto ni yo ni nadie podía prever los destrozos que tal crimen provocaría en la vida de Paty. Me la encontré muchos años más tarde, cuando aun vivía en Alemania. Ni el dolor, ni el exilio, ni la enfermedad habían logrado borrar de su rostro esa belleza tan propia de Paty, la luz de esos ojos tan vivos en medio de tanta muerte. Por esos días yo comenzaba mi adicción a la escritura, muy inseguro de la pertinencia de mi prosa y del interés que ella podría suscitar entre los eventuales lectores. Paty, que tenía tantas razones de esperar que alguien se ocupase de ella, tuvo conmigo un gesto hermoso cuya generosidad aun me pone la piel de gallina: creó un sitio web (cuando los blogs aun no estaban muy de moda) para difundir mis paridas. Y en cada una de ellas ponía un contador que indicaba el número de lectores. Por ese medio, gracias a Paty, supe que mis modestas contribuciones eran muy leídas, y recibí un estimulo que aun perdura. Fue mi amiga, aquella que en palabras simples y sin un asomo de auto compasión te transmitía el sufrimiento soportado durante tantas décadas, la que me ayudó a encontrar un modo de seguir transmitiendo las generosas ideas del socialismo chileno. Y me quedé con una deuda grande porque me pidió escribir un poema o un artículo sobre el asesinato de su hermano Miguel, texto que nunca redacté. Ella nunca me lo reprochó y siguió manteniendo conmigo su inquebrantable amistad. Supe de la soledad de Paty, de su dura vida, de los golpes recibidos y de la afección que recibió de sus compañeros. Esto último fue el elemento que le permitió seguir adelante. Su partida me afecta, como seguramente afecta a todos aquellos que la conocimos y apreciamos su permanente buen humor, su capacidad para sobreponerse al dolor, y su lealtad inquebrantable para con las luchas sociales del pueblo de Chile. Y porque pienso que nunca es tarde para cumplir este tipo de promesas, me haré el deber de escribir el texto que me pidió. Para que nadie, nunca, olvide ni a Paty, ni a Miguel, ni a ninguno de nuestros mártires